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El propósito de acabar con la pobreza extrema y tener seguridad alimentaria y nutricional en el planeta guarda relación con los objetivos del milenio de la ONU.
 
 
Según informe del PNUD, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, cinco millones de hectáreas son usadas con propósitos agrícolas de un potencial de 21,5 millones en Colombia.
 
 
Según estudio realizado por Antonio Hernández Gamarra, a la poca productividad de la ganadería colombiana contribuye la poca carga de animales por hectárea, su baja natalidad, su alta mortalidad y la poca producción de leche por vaca ordeñada, entre otros.
 
 
La economía verde según Paul Ekins, experto mundial en desarrollo de fuentes alternativas de energía no contaminantes, debe tener entre los pobres del mundo una de sus prioridades debido a que por el uso indiscriminado de los ecosistemas no pueden acceder a comida y agua de calidad.
 
 
De los 260 comedores comunitarios que operan en Bogotá, 146 son financiados por las distintas localidades y 114 por recursos de la Secretaría de Integración Social que benefician a 112.573 personas.
 
Seguridad alimentaria: un reto para la supervivencia humana
 
 

Bogotá, 26 de noviembre de 2012.- En los cálculos previstos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la población de 6.100 millones de habitantes que hoy pueblan el planeta crecerá hasta alcanzar 7.200 millones en 2015, 8.300 millones en 2030, y 9.300 millones en 2050; la mayor expansión demográfica se presentará en el África subsahariana que crecerá a una tasa del 2,1% al año, cifras que implican retos enormes para la humanidad, siendo la seguridad a alimentaria uno de los más importantes.

 

Se calcula que a la fecha hay en el mundo cerca de 1.000 millones de personas con desnutrición y que 1.500 millones más viven con obesidad y sobrepeso, lo cual implica una nueva concepción respecto de la inseguridad alimentaria que se constituye en un fenómeno bimodal; esto quiere decir que hay 2.500 millones de personas con situaciones de inseguridad alimentaria y mala nutrición, fenómeno relacionado por un lado con no tener qué comer y con un sistema estructural que no permite acceder a una buena alimentación pese a tener dinero.

 

Esta es una de las afirmaciones realizadas por la doctora Leah M., investigadora de la organización Purefood Fellow en asuntos de nutrición y seguridad alimentaria, quien aseveró que esta celebración tiene el propósito de reconocer la importancia de la alimentación en un mundo en que cada vez es más precaria.

 

Al respecto señala la doctora Ashe: “Un primer paso para resolverlo es que los gobiernos reconozcan el problema; nuestras investigaciones señalan que hay muchos estados que no dan importancia a la temática; si miramos la cantidad de fondos que se dedican a sostener los aparatos militares y los comparamos con los recursos destinados a combatir la inseguridad alimentaria en el mundo son inferiores al 1%”.

 

El segundo paso es comenzar a implementar soluciones integradas dado que el sistema alimentario es multidisciplinar porque implica diferentes factores; si pensamos en el sistema agroalimentario comprende la producción, el consumo, la distribución y el cuidado de alimentos; En Bogotá alcanzar soluciones involucra al menos una docena de departamentos administrativos; así que el paso principal a parte de reconocer el problema es atacarlo desde todos los frentes a la vez. No sólo se trata de dar de comer sino enseñar a comer, y si bien hay que gestar ayudas inmediatas para la gente que no tiene posibilidades de alimentarse, del mismo modo hay que hacer cambios estructurales que optimicen los sistemas de producción”, concluye Leah M. Ashe.

 

Parte de este nuevo enfoque implica comprender que la inseguridad alimentaria y nutricional es un fenómeno universal. En el pasado se pensaba que era un problema de  personas muy pobres en zonas rurales de países marginales, pero en la actualidad resulta evidente que este no es el caso porque afecta también a países en distintos grados de desarrollo en regiones urbanas y rurales, a personas ricas y pobres.

 

 

La seguridad alimentaria: una política pública


Pilar fundamental de la política pública al respecto en Bogotá son los comedores comunitarios con sus proyectos dirigidos a capacitar a las madres comunitarias y cabeza de familia con cursos de cocina y nutrición para garantizar la seguridad alimentaria de la población más vulnerable, proceso del que ha participado el SENA a través del Centro Nacional de Hotelería, Turismo y Alimentos.

 

Esperanza carrillo, instructora del SENA que ha participado en procesos de capacitación con cursos de cocina en comedores comunitarios de la ciudad, señala: “La seguridad alimentaria, como su nombre lo dice, consiste en asegurar el alimento para la población en general; según las tablas nutricionales ello significa que una persona en promedio debe consumir de 1200 a 2000 calorías en una dieta incluya carbohidratos, proteínas, verduras, ensaladas, frutas y líquidos”.

 

En ese orden de ideas, los comedores comunitarios dejan de ser exclusivamente lugares de entrega de alimentos para constituirse en nodos de encuentro donde sus beneficiarios generan capacidades y oportunidades a través de la formación, en la idea que la seguridad alimentaria es mucho más que el consumo de alimentos.

 

Marina Avendaño Carrascal, subdirectora de Integración Social de la localidad de Chapinero, agrega al respecto: “En nuestra localidad trabajamos alrededor de la vulnerabilidad; aquí viven personas del estrato 1 al 6, e independiente de que la persona esté en un estrato alto o bajo, si vive pobreza oculta es cobijado por nuestros servicios, es decir, que si se encuentra en inseguridad alimentaria puede venir al comedor, tener una canasta familiar, acceder a todos los servicios que tenemos con la Secretaría de Integración Social”. 

 

La política pública de seguridad alimentaria en Bogotá se orienta a que las personas estén alimentadas correctamente, que los alimentos sean de calidad, saludables, que aporten a la nutrición de las familias dependiendo el ciclo vital  de cada persona, pues la alimentación de los niños es diferente a la de las personas mayores, enfoque diferencial que es tenido en cuenta en los comedores comunitarios.

 

Orlidis Palomo, madre comunitaria que se forma como técnico en cocina con el SENA lo expresa: “Uno aprende mucho sobre cómo alimentar bien a los niños; por ejemplo, ahora sé preparar cremas y verduras que casi no hacía en mi casa; ser madre comunitaria significa una responsabilidad muy grande porque una de nuestras tareas es ayudarle a los niños en los comedores sobre cómo deben alimentarse, para qué sirven las verduras y jugar con ellas para que les guste y se las coman”.

 

Creación de una cultura alimenticia



Cambiar la cultura de cómo nos relacionamos con los alimentos pasa por formar a la niñez, respecto de lo cual la doctora Leah M. Ashe afirma: “Oigo declaraciones en Colombia como que nosotros los colombianos comemos muy mal; en Estados Unidos hay una generación de niños que crecieron sin saber qué es una zanahoria; si voy a una escuela y les muestro una con sus hojas y sus raíces cuando les pregunto de qué se trata me dicen que es una remolacha. Hay toda una generación de niños desvinculados de la alimentación tradicional, y detrás hay un sistema cultural que así lo permite”.

 

En ese sentido, se podría promover el concepto de la agricultura urbana, aumentar los huertos en las escuelas, regresar a los mercados campesinos, promocionar el acceso físico a las frutas y verduras porque hay muchos lugares donde no es fácil encontrar alimentación saludable. “Por ejemplo, en Nueva York hay incentivos para que tanto los vendedores ambulantes como las tiendas que venden licor y alimentos procesados del mismo modo oferten frutas y verduras”, agregó Ashe. 

 

Para comprender la importancia en el ciclo de producción de comida el ingeniero de alimentos del SENA, Diego González, experto  en procesamiento de frutas y hortalizas explica: “Primero hay que hablar de las materias primas de origen vegetal como cereales, granos, frutos y hortalizas que sirven para la obtención de una gran cantidad de alimentos. Yo creo que el mundo tiene la capacidad de producirlos en una cantidad suficiente para cubrir la demanda de la población mundial. El problema de la seguridad alimentaria hoy no radica en la producción sino en la capacidad económica para conseguir el alimento”.

 

La ONU sugiere a los países que sus habitantes tengan un consumo per cápita de frutas y hortalizas alrededor de los 140 kilos al año, pero en Colombia la media ronda por los 40. En cuanto al pan, lo ideal sería consumir alrededor de 130 kilos al año, pero en Colombia se consumen alrededor de 30 kilos.

 

En cuanto a lácteos y cárnicos, el ingeniero González explica: “La FAO dice que el hato lechero y ganadero debe tener un censo cercano al de la población; en ese orden de ideas el hato en Colombia debería estar alrededor de 45 millones de cabezas pero nosotros no tenemos ni la mitad, de allí que no tengamos la suficiente materia prima para suministrar los alimentos de origen lácteo o cárnico, donde también tenemos déficit”.

 

Tal vez el país esté a mitad de camino y aún sean muchas las necesidades por resolver, pero las palabras de Orlidis palomo resultan alentadoras: “Luego de recibir la capacitación como madre comunitaria siento que mi familia tiene más color porque antes éramos más pálidos, y gracias a que ahora sé balancear las comidas hemos subido de peso hasta donde corresponde por nuestra estatura”. Aunque no puede perderse de vista  la máxima del ingeniero González cuando dice: “Es recordar que un país desarrollado es el resultado entre otras variables de una población bien alimentada; no se puede esperar un país desarrollado con un pueblo mal alimentado”. 

 
    
 
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